jueves, 8 de julio de 2010

El avión solar intenta su primer vuelo nocturno

El futuro de la energía solar está en el aire. El primer avión diseñado para volar día y noche sin combustible, bautizado Solar Impulse HB-SIA, ha despegado del aeródromo de Payerne (Suiza) y, si todo sale bien, debería aterrizar tras 25 horas de vuelo seguidas, en el mismo aeropuerto.

Si superan el reto, los creadores del prototipo habrán demostrado que la energía solar ya es una alternativa sólida a los combustibles fósiles. Si fracasan, los directivos de las petroleras podrán esbozar una sonrisa maliciosa. "Nuestro objetivo no es desarrollar aviones comerciales movidos por energía solar, sino demostrar que el mundo puede funcionar sin energías fósiles", explicaba desde Payerne el ingeniero Philippe Lauper, miembro del equipo que controla en tierra la aventura del HB-SIA.

"El vuelo nocturno de un avión solar es un reto tecnológico tan límite que, si lo superamos, demostraremos que la energía solar ya está lista para aplicarse en otros aparatos, como los automóviles o los electrodomésticos. Si las empresas invierten en la industria de los automóviles solares, se obtendrán resultados mucho antes y de manera más sencilla que en la aviación", opina Lauper, de la compañía tecnológica Altran, que ha pulido los entresijos del prototipo.

El HB-SIA, promovido por el explorador suizo Bertrand Piccard, voló hasta los 8.500 metros de altitud durante todo el día de hoy para cargar sus baterías y, al atardecer, sus motores eléctricos siguieron funcionando gracias a la energía almacenada. Al cierre de esta edición, seguía en el aire, sin ningún problema técnico.

Piccard, que comenzó este proyecto hace siete años, ha conseguido reunir unos 40 millones de euros de socios como el Deutsche Bank, la relojera Omega y la empresa química Solvay.

Su objetivo final es dar la vuelta al mundo en 2012 a bordo del HB-SIA, con sólo cinco escalas. Piccard tiene el peso de la historia a su favor. Su abuelo, el físico suizo Auguste Piccard, fue la primera persona que vio con sus propios ojos la curvatura de la Tierra, tras ascender en 1931 a casi 16.000 metros de altura en una cabina presurizada enganchada a un globo aerostático. Su padre, Jacques Piccard, bajó en 1960 en un batiscafo inventado por el abuelo hasta los abismos oceánicos de la fosa de las Marianas, el lugar más profundo de la corteza terrestre, a casi 11 kilómetros de profundidad. Nadie ha repetido la hazaña desde entonces.

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